jueves, 14 de abril de 2011

CAPITULO 4


Al  medio día, en el húmedo y caluroso pueblo chocoano, con el sol escondido ante nubarrones oscuros, que evidenciaban la proximidad de la acostumbrada lluvia de la tarde, las casas de madera se observaban tristes, como temblando y esperando un nuevo diluvio, de los tantos que sus viejas fibras vegetales ya carcomidas, heridas y cicatrizadas una y otra vez por el golpe incesante del temporal, como látigos  en golpeo incesante, en  un gran esclavista castigo. Las gentes en los corredores, unos almorzando, otros bebiendo Chamberlain, aguardiente destilado de mala calidad, otros jugando domino, y al igual que los maderos su piel estaba ya curtida por la malsana y sedentaria forma de vivir, al igual que por el látigo inclemente del clima, así era  este retirado pincelazo blanco entre el verde extenso de la selva del pacifico colombiano. Por la calle principal, un hombre vestido de paño, recién afeitado, bien peinado y perfumado, como si fuera a un evento especial. Sus zapatos negros parecían estar blindados ante el fango y tierra húmeda, que pasaban bajo ellos con un caminar sincronizado y elegante, atravesó la plaza principal con gallardía y arrojo, sostenía en su mano derecha una libreta forrada en cuero, llego a al tienda del pueblo y miro fijamente al tendero, y le dijo: gracias señor por todo. Le extendió la mano con  cordialidad, rápidamente sin esperar respuesta se dirigió a la esquina de la plaza, donde se encontraba parqueada una chiva, el único transporte que llegaba al pueblo dos veces por semana. El tendero hombre mulato, fornido, vestido con un overol kaki, salió a la puerta de su negocio, y observo fijamente al hombre, no lo reconocía, pero si es, no, no puede ser. Pensaba para si mismo, si es el viejo solitario de la cabaña, tal como vino se va.
El hombre en la caseta de la agencia de transportes del pueblo, donde se estacionaba el vehículo de escaleras, con sus inconfundibles colores y diseños cubisticos que el mismo Picasso envidiaría. Subió al vehículo después de recibir la orden de un joven con la camisa desabotonada, sudorosa que acomodaba a los pocos pasajeros en las rígidas filas de bancas tapizadas en cordobán ordinario rojo. Cuantos con tiquete? Pregunto el joven con un grito dirigido a la caseta, salió una joven  morena, de grandes ojos y acento  jovial contesto, solo tres amorcito todos a Pereira.  Al tiempo dos ayudantes mas bajaban bultos de maíz, azúcar y otra diversidad de productos que se colocaban en una carreta de madera, y luego eran llevados a la tienda del pueblo, simultáneamente se cargaban racimos de plátano, banano, costales con gallinas, en la bodega del vehículo cuatro lechones y dos terneros se peleaban el espacio. La conjugación de aromas de animales, bultos de frutas, y aves domesticas, eran algo nauseabundos. Por fin la chiva arranco siendo la una de la tarde.
La travesía del vehículo duro cinco horas, por caminos destapados, con bastantes derrumbes, donde la pericia del conductor se ponía a prueba, por todo el camino aparecían todo tipo de pasajeros, unos iban a la ciudad otros tan solo jornaleros sucios con azadones, machetes, con rencor en su mirada al tener que colgarse de las manilas laterales o subidos en el techo del vehículo, mujeres perfumadas con diversos aromas a pachulis baratos , niños de las escuelas, jugadores y apostadores de gallos hacían del viaje un recorrido tortuoso. El cacareo de los gallos, el gemir de los lechones, las rizas, los llantos de los niños, los gritos del joven ayudante cobrando y acomodando la gente parecía un relajo de plaza de mercado en plena fiesta. Todo esto contrastaba con el susurro del monte, lo bello de los paisajes tropicales, el aroma de las orquídeas y un cien numero de especies nativas  tanto de flora y fauna. Los loros, los yátaros, ruiseñores y aves con largas plumas azules en su cola, las palmas de cera, los guayacanes, helechos gigantes, eran un deleite para la vista artística y penetrante del señor Álvaro José Luna, quien deseaba grabar en su mente cada una de estas espontaneas erupciones magnificas de la naturaleza. Sentado en una de las butacas que daba a la ventanilla principal, detrás del conductor, parecía estar envuelto en una esfera de cristal, la cual recubría su vestido de paño, evitando el contagio de la bruma de aromas y despojos que habitaban a su alrededor.
Siendo la cinco y treinta de la tarde, entraron a un valle donde se divisaba un poblado grande, mucho más que los otros caseríos y pequeños pueblos por donde habían pasado en el temerario recorrido. Los de la Virginia, grito el ayudante siempre con un aire autoritario,

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